La Esencia de nuestra Identidad
Entonces dijo Dios: Hagamos al hombre a nuestra imagen, conforme a nuestra semejanza (Génesis 1:26).
Adán fue creado con vida física y espiritual; poseía la vida eterna desde la primera vez que respiró y disfrutaba de la presencia constante de Dios en el jardín de Edén.

Además, a diferencia del reino animal que operaba por instinto divino, Adán fue creado con mente, emociones y voluntad, conforme a la semejanza de Dios, lo que le dio la habilidad para pensar, sentir y elegir. Ningún otro ser creado puede decir tal cosa.

Dios dijo después de crear a Adán: «No es bueno que el hombre esté solo; le haré ayuda idónea para él» (Génesis 2:18).

Así fue que creó a Eva, la ayuda idónea para Adán. Ambos gozaban del sentido de pertenecer a Dios y uno al otro. Dios les dio un propósito, fuera de todo lo anterior: «señoree en los peces del mar, en las aves de los cielos, en las bestias, en toda la tierra, y en todo animal que se arrastra sobre la tierra» (Génesis 2:18).

Adán y Eva no tuvieron que andar en pos del sentido y significado pues lo tenían en su relación con Dios. Debido a que Dios estaba presente con ellos, vivían seguros y a salvo perpetuamente.

La vida eterna, la identidad, el propósito, el significado, la seguridad y el sentido de pertenencia son, todos, atributos de la humanidad creada a imagen de Dios. Adán y Eva vivían esos atributos con toda plenitud; nosotros también estábamos destinados a disfrutarlos pero, cuando Adán pecó, murió espiritualmente y perdió todo lo que Dios había provisto. Los espléndidos atributos de Adán se volvieron feroces necesidades cuando él se separó de Dios.

Nosotros llegamos al mundo con esas mismas necesidades feroces en nuestra calidad de hijos de Adán nacidos aparte de Dios. Vamos por la vida luchando por hacernos de un nombre, buscando la seguridad en las cosas perecederas y procurando ser significativos separados de Dios ¿Búsqueda sin esperanzas? ¡No! Somos capaces de satisfacer aquellas necesidades estableciendo una relación personal con Dios por medio de la fe en Jesucristo. Así queda, ahora, a disposición nuestra todo aquello de lo cual gozaba Adán en el jardín antes de pecar.

Amante Padre celestial te agradezco por mandar a Jesús a morir por mi pecado para que yo tenga vida eterna. Te agradezco también que mis necesidades de identidad, significación, seguridad y sentido de pertenencia sean satisfechas en Cristo.
 

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