Octubre 30, 2013. No más Culpa ni Vergüenza

Es una horrible existencia vivir bajo culpa y vergüenza. Después de llevar a cientos y cientos de personas a través de los Pasos hacia la Libertad en Cristo, he visto cambiar su semblante cuando se levanta esa carga de culpa y vergüenza. A la mitad de los Pasos a menudo pregunto, ¿Quién cree usted que es su peor enemigo? Casi todas las personas dirán: ¡Yo! Yo soy mi propio peor enemigo. En algunos casos esto puede ser cierto, pero las más de las veces, simplemente están repitiendo el mensaje que recibieron de sus irresponsables padres o del enemigo de sus almas, quien los acusa día y noche. Tal fue el caso de la señora que me envió el siguiente testimonio a través de Facebook:

Yo tenía una enfermedad mental incurable hace 23 años. Yo era suicida, y maníaco depresiva (principalmente depresiva). Estaba tomando un puñado de medicamentos que no estaban funcionando. Traté de suicidarme varias veces, e incluso probé tratamientos de choques eléctricos. Entonces empecé a decir todo el tiempo: “Tengo poder, amor y dominio propio en el nombre de Jesús”. Seguí haciendo esto durante tres días con el enemigo gritándome que yo siempre estaría así. Yo le respondía, gritándole.

Después de tres días, el Espíritu Santo me llevó a través de un proceso del que salí completamente curada, y he estado sana desde entonces. Le di mi testimonio a una señora cristiana mayor y ella me prestó su libro, Rompiendo las Cadenas, y también un video de usted llevando a una dama a través de los Pasos. Era el mismo proceso por el que el Señor me llevó a través del Espíritu Santo. Les digo a todos los cristianos que tienen “enfermedades mentales” que hagan los Pasos de ese libro. Doy gracias a Dios que le dio la sabiduría para escribirlo.

Dr. Neil

Traducción: Ricardo Gallardo. Ministerio de Libertad en Cristo en México.

Octubre 29, 2013. Venciendo a la Vergüenza

Los cristianos están perdonados, pero no son perfectos. El Señor no nos va a condenar ni se acordará más de nuestros pecados. Sin embargo, tenemos que vivir con las consecuencias temporales de nuestras actitudes y acciones. Si Dios erradicara todas las consecuencias temporales, no habría motivación para dejar de pecar. Estaríamos de fiesta todos los fines de semana, confesaríamos nuestros pecados el domingo, y falsamente creeríamos que nuestras acciones no tienen consecuencias negativas.

Para ilustrar esto, supongamos que usted consume alcohol durante años y se hace adicto. Al inicio, podía ocultar sus indiscreciones, pero finalmente, su estilo de vida pecaminoso queda al descubierto. Su rendimiento en el trabajo se deteriora, empieza a hacer el ridículo en público, su cónyuge se va, y se deteriora su salud. Finalmente, se entrega a la misericordia de Dios. Él lo perdona y lo hace una nueva criatura en Cristo. Sin embargo, el alcohol ha hecho estragos en su cuerpo, ya no tiene trabajo, y su mujer se ha ido, y se percata que la sociedad es menos tolerante que Dios.

Miqueas habló de la condición pecaminosa de Israel y de Judá, y esperaba la redención de Dios (Miqueas 7:7). Sin embargo, sus enemigos se regodeaban de este “pueblo elegido” que había pecado, e incurrieron en el juicio de Dios. Ellos decían: “¿Dónde está el Señor tu Dios?” (vs. 10). Miqueas responde: “aunque caí, me levantaré; aunque more en tinieblas, Jehová será mi luz”(v. 8). La vergüenza que sentían, a causa de su pecado, hizo que lo ocultaran y encubrieran, pero el Señor siempre guía a Su pueblo a la luz. Cuando se enfrentaron a la verdad y se volvieron a Dios, su enemigo fue cubierto de vergüenza, y su caída fue certera (vs. 10).

Muchas culturas en este mundo tienen fundamento en la vergüenza. Castigan a los transgresores avergonzándolos públicamente. Señalan que hay algo malo con ellos. Otras culturas se basan en la culpa. Castigan a los transgresores por lo que han hecho mal. Señalan que hay algo malo en ellos. El reino de Dios está basado en la gracia. Había algo malo con nosotros, pero ahora somos nuevas criaturas en Cristo. Habíamos pecado y estábamos destituidos de la gloria de Dios, pero Cristo ha muerto por nuestros pecados. Ahora podemos vivir una vida justa como hijos de Dios. Si escogemos pecar, nuestro amoroso Padre Celestial nos disciplinará, pero eso sólo demuestra que somos sus hijos (Heb. 12:8).

Como hijos de Dios, no somos motivados por la culpa y la vergüenza. Estamos motivados por el amor de Dios. Nosotros no condenamos a los demás cuando pecan, los disciplinamos por su bien. No nos avergonzamos unos a otros; nos edificamos mutuamente.

Dr. Neil

Traducción: Ricardo Gallardo. Ministerio de Libertad en Cristo en México.

Octubre 28, 2013. Venciendo la Culpa

Cuando los teólogos hablan de la culpa, están hablando de una desviación objetiva a una norma ética. Sentirse culpable y ser culpable no son la misma cosa. Separados de Cristo, todos somos culpables ante la ley, lo sintamos o no. La Ley es la norma ética de Dios, pero la Ley no podía ser cumplida por ninguno de nosotros, porque éramos “débiles por la carne” (Rom. 8:3). Por lo tanto, todos estábamos condenados por la ley. Según los Evangelios, Jesús vino en “semejanza de carne de pecado”, y se convirtió en una ofrenda por el pecado para que la justicia de la ley se cumpliese plenamente en nosotros (v. 4).

Como hijos de Dios, hemos sido justificados por la fe (Rom. 5:1). Ya no somos culpables ante Dios. Dios no nos condenará, porque Cristo cumplió con sus justas demandas. Debido a nuestra posición en Cristo, debemos considerarnos como “muertos al pecado, pero vivos para Dios en Cristo Jesús” (Rom. 6:11). Ahora estamos correctamente relacionados con Dios y ya no estamos en Adán, ni estamos en el reino de las tinieblas. Estamos vivos en Cristo, y la ley de vida en Cristo Jesús nos ha liberado de la ley del pecado y de la muerte (v. 2).

La ley del pecado y de la muerte sigue siendo operativa, porque no podemos desechar una ley. El pecado sigue siendo atractivo y potente y la muerte física es aún inminente para todos nosotros. Si Jesús no acabó con la ley del pecado y de la muerte, entonces ¿cómo podemos ser libres de ella? Jesús venció esa ley con una ley mayor, que es “la ley del Espíritu de vida”. Permítame ilustrarlo, ¿puede usted volar? ¿Puede usted por su propio esfuerzo vencer la ley de la gravedad? Podemos superar momentáneamente la fuerza de gravedad al saltar, pero incluso los mejores saltadores de altura fracasan en vencer la ley de la gravedad. Sin embargo, podemos “volar” en un avión, porque el avión tiene suficiente poder para vencer la ley de gravedad. Si usted diera un paso fuera del avión o el avión perdiera potencia, mientras está en el aire, usted se estrellaría.

Incluso para los creyentes, la muerte física es inminente, pero vamos a seguir viviendo espiritualmente, incluso si morimos físicamente (Juan 11:25,26). Como creyentes estaremos tentados a pecar. Pero cuando el pecado nos tiente, podemos decir, yo no tengo que pecar. Estoy vivo en Cristo y muerto al pecado. Tengo un poder dentro de mí mayor que el poder del pecado. “Hijitos míos, estas cosas os escribo para que no pequéis; y si alguno hubiere pecado, abogado tenemos para con el Padre, a Jesucristo el justo. Y él es la propiciación por nuestros pecados; y no solamente por los nuestros, sino también por los de todo el mundo” (1 Jn. 2:1,2). También tenemos un adversario que acusa a los hermanos día y noche delante de Dios (Apocalipsis 12:10). Cuando se sienta culpable como creyente que es, puede decir con confianza, “ninguna condenación hay para los que están en Cristo Jesús” (Rom. 8:1).

Dr. Neil

Traducción: Ricardo Gallardo. Ministerio de Libertad en Cristo en México.

Octubre 25, 2013. El Propósito de la Instrucción

El apóstol Pablo advierte a su “verdadero hijo en la fe” (1 Tim. 1:2), y a la iglesia, de no salirse del camino en su andar con Dios. Habrá maestros de falsas doctrinas (vs. 3,4), algunos caerán de nuevo bajo la ley, la cual fue hecha para los impíos (vs. 8-11), otros se apartarán de la fe, prestando atención a espíritus engañadores (4:1) y el engaño de las riquezas (6:6-18). Timoteo fue exhortado a mantener la sana doctrina, a mantenerse bajo autoridad, y a desarrollar un carácter piadoso. “Pues el propósito de este mandamiento es el amor nacido de corazón limpio, y de buena conciencia, y de fe no fingida” (vs. 5).

El propósito de nuestra instrucción no es el conocimiento que nos hace arrogantes, sino el amor que edifica a otros (1 Cor. 8:1). Pablo dice: “Si yo hablase lenguas humanas y angélicas, y no tengo amor, vengo a ser como metal que resuena, o címbalo que retiñe. Y si tuviese profecía, y entendiese todos los misterios y toda ciencia, y si tuviese toda la fe, de tal manera que trasladase los montes, y no tengo amor, nada soy. Y si repartiese todos mis bienes para dar de comer a los pobres, y si entregase mi cuerpo para ser quemado, y no tengo amor, de nada me sirve” (1 Cor. 13:1-3). Tenemos una tendencia a ensalzar las virtudes del teólogo y apologista, pero la Escritura enseña que “el que gana almas es sabio” (Prov. 11:30), y “En esto conocerán todos que sois mis discípulos, si se amáis los unos a otros “(Jn. 13:35).

Los líderes religiosos preguntaron a Jesús: ” Maestro, ¿cuál es el gran mandamiento en la ley?” Jesús respondió: “Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón y con toda tu alma y con toda tu mente. Este es el primero y grande mandamiento. Y el segundo es semejante: Amarás a tu prójimo como a ti mismo. Toda la ley y los profetas dependen de estos dos mandamientos” (Mateo 22:36-40). La buena instrucción y la sana doctrina deben dar lugar a que los hijos de Dios amen a Dios y a los demás.

La palabra “agape” (amor) es más fácil de entender cuando nos damos cuenta de que en la Escritura puede aparecer como un sustantivo y como verbo. Cuando se utiliza como un sustantivo, el ágape se refiere al carácter de Dios. “Dios es amor” (1 Jn. 4:16). “El amor es paciente, amor es bueno, etc. ” (1 Cor 13:4f). El objetivo de la enseñanza bíblica es permitirnos a nosotros mismos y a otros a adoptar progresivamente el carácter de Dios, que es amor. Hay una diferencia fundamental entre agape (amor divino) y phileo (amor fraternal). El amor de Dios no depende de su objeto. Dios no nos ama porque somos adorables, sino porque Dios es amor. Es su naturaleza amarnos. Por eso el amor de Dios es incondicional. Cada hijo de Dios ha sido llamado a participar de la naturaleza divina (2 Ped. 1:4), y llegar a ser como Él. Jesús dijo: “Porque si amáis a los que os aman, ¿qué mérito tenéis? Porque también los pecadores aman a los que los aman. Y si hacéis bien a los que os hacen bien, ¿qué mérito tenéis? Porque también los pecadores hacen lo mismo” (Luc. 6:32,33).

Cuando ágape se utiliza como un verbo, nos llama desde la bondad de nuestra nueva naturaleza para dar a otros lo que necesitan. “Porque de tal manera amó Dios al mundo, que ha dado a su Hijo unigénito, para que todo aquel que en él cree, no se pierda, mas tenga vida eterna” (Jn. 3:16). “En esto hemos conocido el amor, en que él puso su vida por nosotros; también nosotros debemos poner nuestras vidas por los hermanos” (1 Jn. 3:16).

D. Neil

Traducción: Ricardo Gallardo. Ministerio de Libertad en Cristo en México.

Octubre 24, 2013. La Reconciliación

David había cometido adulterio con Betsabé mientras su marido estaba en el campo de batalla. Después de descubrir que estaba embarazada, él trajo a su esposo de regreso a casa desde el campo para que se acostara con ella con el fin de ocultar su pecado, pero él se rehusó a hacerlo. Así que David lo puso en el frente de batalla donde probablemente moriría, y así pasó. El Señor le dio a David suficiente tiempo para arrepentirse, pero como no lo hizo, el Señor envió a Natán, un profeta, para confrontarlo. La culpa lo consumió y se enfermó físicamente (Salmo 32:3,4). Finalmente, confesó sus pecados al Señor, y fue perdonado (vs. 5).

Muchas personas, como David, padecen de enfermedades psicosomáticas causadas por la culpa y la vergüenza. La confesión y el arrepentimiento traen la reconciliación con Dios y una tremenda sensación de alivio. “Bienaventurado aquel cuya transgresión ha sido perdonada, y cubierto su pecado. Bienaventurado el hombre a quien Jehová no culpa de iniquidad, Y en cuyo espíritu no hay engaño”(vs. 1,2).

Pablo revela el proceso de nuestra reconciliación con Dios en Rom. 5:8-11: “Mas Dios muestra su amor para con nosotros, en que siendo aún pecadores, Cristo murió por nosotros. Pues mucho más, estando ya justificados en su sangre, por él seremos salvos de la ira. Porque si siendo enemigos, fuimos reconciliados con Dios por la muerte de su Hijo, mucho más, estando reconciliados, seremos salvos por su vida. Y no sólo esto, sino que también nos gloriamos en Dios por el Señor nuestro Jesucristo, por quien hemos recibido ahora la reconciliación”.

Dios demuestra Su amor iniciando esta reconciliación con nosotros cuando aún éramos pecadores. Pero no es suficiente saber que Dios nos ama, si todavía no hemos sido perdonados. Él nos ama lo suficiente como para sacrificar a Su único Hijo por nuestros pecados para que seamos salvos de su ira. Pero no es suficiente saber que hemos sido salvados del infierno si todavía estamos muertos espiritualmente. La salvación en Cristo nos trae mucho más que el perdón de los pecados. Nos trae vida espiritual en Cristo. Pero no es suficiente saber que somos perdonados y estamos espiritualmente vivos. Hemos sido reconciliados con Dios. Ya no estamos separados de él. “En quien tenemos seguridad y acceso con confianza por medio de la fe en él” (Ef. 3:12).

Puede ser que nunca estemos en la presencia de líderes o personajes famosos de hoy en día, o tener una audiencia con ellos, pero como hijos de Dios tenemos acceso a nuestro Padre Celestial las veinticuatro horas de cada día. Nuestro Santo Padre quiere tener una relación con nosotros. “Y todo esto proviene de Dios, quien nos reconcilió consigo mismo por Cristo, y nos dio el ministerio de la reconciliación; que Dios estaba en Cristo reconciliando consigo al mundo, no tomándoles en cuenta a los hombres sus pecados, y nos encargó a nosotros la palabra de la reconciliación. Así que, somos embajadores en nombre de Cristo, como si Dios rogase por medio de nosotros; os rogamos en nombre de Cristo: Reconciliaos con Dios” (2 Cor 5:18-20.).

Dr. Neil

Traducción: Ricardo Gallardo. Ministerio de Libertad en Cristo en México.

Octubre 23, 2013. El Arrepentimiento

Muchas personas ocultan sus pecados, viven en negación, y nunca los confiesan. La confesión es el primer paso al arrepentimiento, pero que por sí sola no puede traer ningún cambio duradero. El arrepentimiento literalmente significa un cambio de mente que resulta en un cambio de vida. Todos tenemos ciertas actitudes y creencias acerca de Dios y de nosotros mismos, y en consecuencia vivimos de cierta manera. Entonces un día somos iluminados por la verdad o caemos bajo la convicción de pecado y decidimos cambiar. Si de verdad nos hemos arrepentido, entonces hemos tenido un cambio de mente y actitud, por lo que ya no vivimos de la manera en que lo hicimos antes. Uno realmente no se ha arrepentido a menos que haya cambiado su forma de vivir.

El arrepentimiento es abandonar el pecado y volverse a Dios, que fue el mensaje principal de Juan el Bautista: “Arrepentíos, porque el reino de los cielos se ha acercado” (Mat. 3:2). Aquellos que respondieron a su mensaje fueron bautizados. “Al ver él que muchos de los fariseos y de los saduceos venían a su bautismo, les decía: ¡Generación de víboras!, ¿quién os enseñó a huir de la ira venidera? Producid, pues, frutos dignos de arrepentimiento” (Mat. 3:7-8). Si el arrepentimiento es genuino, el resultado debe ser un cambio de vida.

También fue el mensaje del apóstol Pablo, quien escribió: “testificando a judíos y a gentiles acerca del arrepentimiento para con Dios y de la fe en nuestro Señor Jesucristo” (Hch. 20:21). “Sino que anuncié primeramente… que se arrepintieran y se convirtieran a Dios, haciendo obras dignas de arrepentimiento” (Hch. 26:20). Arrepentimiento significa que usted está renunciando al pecado y a las falsas creencias y volviéndose hacia Dios (adoptando la verdad). La iglesia primitiva, literalmente, veían hacia al oeste y decían: “Yo renuncio a Satanás, a todas sus obras y a todos sus caminos”. Entonces se  volteaban hacia al este y hacían una profesión pública de fe.

El genuino arrepentimiento no es sólo una cuestión de decisión humana con la idea de que podemos cambiar o salvarnos a nosotros mismos del juicio de Dios. Pablo respondió: “¿piensas que escaparás del juicio de Dios? ¿O menosprecias las riquezas de su benignidad, paciencia y generosidad, ignorando que su benignidad te guía al arrepentimiento?” (Rom. 2:3-4) Dios es en realidad el que concede “que se arrepientan para conocer la verdad, y escapen del lazo del diablo, en que están cautivos a voluntad de él” (2 Tim 2:25,26).

Dr. Neil

Traducción: Ricardo Gallardo. Ministerio de Libertad en Cristo en México.

Octubre 22, 2013. La Confesión

Confesar (homolegeo) literalmente significa hablar la misma cosa (homos, mismo, y lego, hablar) o estar de acuerdo con. Es lo contrario a la negación ya sea explícita o no. Puede significar una confesión pública de fe como en Mat. 10:32, “A cualquiera, pues, que me confiese delante de los hombres, yo también le confesaré delante de mi Padre que está en los cielos”. En Rom. 15:9, se utiliza como una alabanza a Dios: “Por tanto, yo te confesaré entre los gentiles, Y cantaré a tu nombre”. Finalmente, puede significar el reconocimiento del pecado como en 1 Jn. 1:9.

La preocupación del apóstol Juan es que tengamos comunión con Dios y con los demás (1 Jn 1:2-4.), pero no podemos tener comunión con Dios y vivir en estado de negación o vivir encubriendo nuestros pecados. Puesto que, “Dios es luz, y no hay ningunas tinieblas en él” (vs. 5), los creyentes también deben andar en la luz. Caminar en la luz no significa perfección moral, ya que, “Si decimos que no tenemos pecado, nos engañamos a nosotros mismos” (v. 8). Caminar en la luz es muy similar en concepto a la confesión. Significa vivir en acuerdo moral con Dios. Caminar en la luz es confesar el pecado y, caminar en la oscuridad es negar el pecado.

Jesús dijo: “Y esta es la condenación: que la luz vino al mundo, y los hombres amaron más las tinieblas que la luz, porque sus obras eran malas. Porque todo aquel que hace lo malo, aborrece la luz y no viene a la luz, para que sus obras no sean reprendidas” (Juan 3:19,20). El pecado nos separa de Dios y de los demás y por eso el reconocimiento o confesión de la verdad es el primer paso en cualquier programa de recuperación. Podemos caminar en la luz, porque nuestros pecados han sido perdonados. Tendremos comunión unos con otros si caminamos en la luz (vs. 7). Si andamos en la luz y hablamos la verdad en el amor unos con otros, Dios ha hecho provisión para limpiarnos de cualquier pecado que de otro modo dañaría nuestra comunión con Él y con los demás (véase también Ef. 4:15,25).

Si confesamos nuestros pecados, él es fiel y justo para perdonar nuestros pecados, y limpiarnos de toda maldad” (vs. 1:9). Como creyentes, nuestros pecados no son perdonados porque los confesamos, nuestros pecados son perdonados porque “la sangre de Jesucristo su Hijo nos limpia de todo pecado” (vs. 7). La cruz es la única base moral por la cual Dios nos puede perdonar. A la inversa, como creyentes no somos no-perdonados si fallamos en confesar todo pecado conocido. Él es fiel para perdonarnos porque Él ha prometido hacerlo, y es sólo porque su hijo murió por nuestros pecados.

“Si decimos que no hemos pecado, le hacemos a él mentiroso, y su palabra no está en nosotros” (vs. 10). Juan quiere que todos los creyentes caminen en la luz y vivan una vida de confesión en la que Dios, no sólo quita la culpa del pecado (perdona), sino también la mancha del pecado (limpia). Santiago nos insta a confesar nuestros pecados unos a otros (Santiago 5:16) con el fin de ser sanados. La confesión es medicina para el alma y ofrece un gran avance para la comunidad, para que podamos tener comunión con Dios y entre nosotros.

Dr. Neil

Traducción: Ricardo Gallardo. Ministerio de Libertad en Cristo en México.

Octubre 21, 2013. Llegar a Ser como Jesús

Llegar a ser como Jesús es la voluntad de Dios para nuestras vidas (1 Tes. 4:3). El crecimiento en Cristo ni siquiera sería posible si Dios no nos hubiera hecho “aptos para participar de la herencia de los santos en luz; el cual nos ha librado de la potestad de las tinieblas, y trasladado al reino de su amado Hijo, en quien tenemos redención por su sangre, el perdón de pecados” (Col 1:12-14).

El proceso de crecimiento es como una espiral que siempre está yendo hacia al cielo. El apóstol Pablo explica este ciclo de crecimiento en Col. 1:9-11. Primero, comienza con el conocimiento de la voluntad de Dios, que encontramos en Su palabra. En segundo lugar, su verdad necesita entrar en nuestros corazones para que podamos entender cómo se aplica a la vida, en toda sabiduría e inteligencia. En tercer lugar, elegimos vivir de acuerdo con lo que hemos elegido creer. Ejercemos nuestra voluntad cuando decidimos caminar por fe y someternos a Dios a través de la obediencia humilde. Cuando damos el paso de fe crecemos en el conocimiento de Dios. En cuarto lugar, recibimos un mayor conocimiento cuando actuamos sobre lo que ya sabemos que es verdad, y se cierra el ciclo. Los resultados derivados de este ciclo de crecimiento son: incremento de nuestra fortaleza espiritual, perseverancia, paciencia, gozo y gratitud, que se vuelven cada vez más evidentes en nuestro carácter.

El proceso de crecimiento puede ser bloqueado por nosotros mismos en cualquiera de las cuatro etapas. Podemos detener el proceso de crecimiento en la primera etapa mediante la lectura de la Biblia como un mero ejercicio académico y nunca tratar de aplicarla a nuestras vidas. Tenemos conocimiento intelectual, pero no la sabiduría espiritual ni ninguna comprensión personal de cómo la Palabra de Dios se aplica a nuestra vida, cuando endurecemos nuestros corazones. En la segunda etapa, hemos permitido que la Palabra de Dios penetre nuestros corazones y en consecuencia nos convence de pecado y nos da discernimiento y dirección para la vida. Pero el proceso de crecimiento de nuevo puede verse obstaculizado si en realidad nunca nos arrepentimos o nunca actuamos de acuerdo con nuestro discernimiento, o nunca damos un paso de fe.

En la tercera etapa, crecemos y damos fruto porque estamos viviendo por fe, de acuerdo con lo que Dios dice que es verdad, en el poder del Espíritu Santo. La madurez que adquirimos a través de vivir por fe nos hace comprender la Palabra de Dios de una manera que no lo habíamos hecho antes. Sin embargo, si no somos capaces de vivir por fe, no vamos a dar fruto.

Finalmente, podemos detener el proceso de crecimiento en la cuarta etapa, al no regresar a Su palabra para conocer más. Uno de los peligros de llevar fruto con éxito o experimentar la victoria es dormirnos en nuestros laureles pensando que ya hemos llegado a la meta. Por eso es que las palabras de Pablo en Flp. 3:12-14 son tan útiles: “No que lo haya alcanzado ya, ni que ya sea perfecto; sino que prosigo, por ver si logro asir aquello para lo cual fui también asido por Cristo Jesús. Hermanos, yo mismo no pretendo haberlo ya alcanzado; pero una cosa hago: olvidando ciertamente lo que queda atrás y extendiéndome a lo que está delante, prosigo a la meta, al premio del supremo llamamiento de Dios en Cristo Jesús.“.

Dr. Neil

Traducción: Ricardo Gallardo. Ministerio de Libertad en Cristo en México.

Octubre 18, 2013. La Santificación Progresiva

Dios hizo una obra de gracia cuando nos llamó de las tinieblas a su luz admirable y nos concedió el estado de santidad en virtud de nuestra unión con Cristo. Lo hizo para que podamos ser santos como Él es santo (1 Ped. 1:15). El proceso de crecimiento desde la carnalidad hasta la semejanza a Cristo se le llama comúnmente santificación progresiva. Pablo dice: “Mas ahora que habéis sido libertados del pecado y hechos siervos de Dios, tenéis por vuestro fruto la santificación, y como fin, la vida eterna” (Rom. 6:22). Aunque la Biblia habla de la santificación en tiempo pasado, o santificación posicional, con más frecuencia que la santificación en tiempo presente, o santificación progresiva, el concepto de ser santificados progresivamente es un tema dominante en el Nuevo Testamento. Los términos como “crecimiento”, “renovación”, “edificación”, “transformación”, y “purificación” están todos relacionados: se refieren al proceso de llegar a ser como Cristo.

El apóstol Pablo explica el proceso de crecimiento hacia la semejanza de Cristo en Colosenses 2:6,7: “Por tanto, de la manera que habéis recibido al Señor Jesucristo, andad en él; arraigados y sobreedificados en él, y confirmados en la fe, así como habéis sido enseñados, abundando en acciones de gracias”. El agente principal de nuestra santificación es Dios mismo, “en santificación del Espíritu” (1 Ped. 1:2). Tenemos que primero estar arraigados “en Cristo”, que se refiere a nuestra santificación posicional, antes de que podamos ser edificados “en Él”, que es la santificación progresiva. Términos como “en Cristo”, “en Él”, o “en el Amado” son algunas de las frases preposicionales más repetidas en el Nuevo Testamento. Estos términos expresan que los hijos de Dios están espiritualmente vivos y sus almas están en unión con Cristo, quien es su vida. Si no hay vida espiritual, entonces nada puede crecer espiritualmente.

También, somos agentes de nuestra propia santificación. “Por tanto, ceñid los lomos de vuestro entendimiento, sed sobrios, y esperad por completo en la gracia que se os traerá cuando Jesucristo sea manifestado; como hijos obedientes, no os conforméis a los deseos que antes teníais estando en vuestra ignorancia” (1 Ped. 1:13,14). Sin embargo, como creyentes, no debemos caer en la herejía de los Gálatas (Gálatas 3:1-5). No hemos recibido el Espíritu Santo por las obras de la ley. Nuestra salvación vino por medio de la fe y también nuestra santificación. Pablo pregunta: “¿Tan necios sois? ¿Habiendo comenzado por el Espíritu, ahora vais a acabar por la carne?” (Gálatas 3:3) Somos salvos por fe y somos santificados por fe en Dios a través del poder del Espíritu Santo. Es por eso que Jesús oró, “Santifícalos en la verdad: tu palabra es verdad” (Jn. 17:17).

Las Escrituras presentan la santificación progresiva como un desafío para el creyente. El mundo, la carne y el diablo se oponen a la voluntad de Dios y por lo tanto son enemigos de nuestra santificación. Por lo tanto, “Así que, amados, puesto que tenemos tales promesas, limpiémonos de toda contaminación de carne y de espíritu, perfeccionando la santidad en el temor de Dios” (2 Cor. 7:1), y  “Seguid la paz con todos, y la santidad, sin la cual nadie verá al Señor” (Hebreos 12:14).

Dr. Neil

Traducción: Ricardo Gallardo. Ministerio de Libertad en Cristo en México.

Ocubre 17, 2013. Santificación Posicional

El apóstol Pablo se refiere a la santificación posicional cuando saluda a la iglesia en Corinto. “A la iglesia de Dios que está en Corinto, a los santificados en Cristo Jesús, llamados a ser santos” (1 Cor. 1:2). Además, el apóstol escribió: “Y esto erais algunos; mas ya habéis sido lavados, ya habéis sido santificados, ya habéis sido justificados en el nombre del Señor Jesús, y por el Espíritu de nuestro Dios” (1 Cor. 6:11). El estado de los que han sido santificados, también es importante en el libro de Hebreos, donde se presenta a Jesús como el gran Sumo Sacerdote. A través de Su ministerio sacerdotal, “… somos santificados mediante la ofrenda del cuerpo de Jesucristo hecha una vez para siempre” (Heb. 10:10, vea también Heb. 10:29; 13:12).

Como apóstol y misionero para los gentiles, Pablo fue comisionado por Dios, “para que abras sus ojos, para que se conviertan de las tinieblas a la luz, y de la potestad de Satanás a Dios; para que reciban, por la fe que es en mí [Dios], perdón de pecados y herencia entre los santificados” (Hechos 26:18). Cada creyente ha sido perdonado y librado de la potestad de las tinieblas, y trasladado al reino de Dios (Col. 1:13). Seguros en las manos de su Padre Celestial, los pecadores se convierten en santos, los fracasos se convierten en victorias, y lo común se hace santo.

Así como la realidad de la salvación en tiempo pasado es la base para que nos ocupemos en nuestra salvación en el tiempo presente, así también, nuestra posición en Cristo es la base para nuestro crecimiento en Cristo. En la salvación el creyente es separado o apartado para Dios y así participa de la santidad de Dios. Note como Pedro muestra esta relación de causa y efecto: “Como todas las cosas que pertenecen a la vida y a la piedad nos han sido dadas por su divino poder, mediante el conocimiento de aquel que nos llamó por su gloria y excelencia, por medio de las cuales nos ha dado preciosas y grandísimas promesas, para que por ellas llegaseis a ser participantes de la naturaleza divina, habiendo huido de la corrupción que hay en el mundo a causa de la concupiscencia” (2 Ped. 1:3,4).

La santificación posicional no significa que los creyentes no cometen pecados y son perfectos. Nuestra santidad posicional se basa en el hecho de que somos nuevas criaturas en Cristo (2 Cor. 5:17). Por la fe estamos unidos a Cristo y participamos de todo lo que Cristo es, incluyendo Su santidad. “Mas por él estáis vosotros en Cristo Jesús, el cual nos ha sido hecho por Dios sabiduría, justificación, santificación y redención” (1 Cor. 1:30). La santificación posicional significa que estamos espiritualmente vivos en Cristo. Ahora tenemos comunión con un Dios santo. Como pecadores no podíamos hacer eso. Pero por la fe en Cristo, que se sacrificó para limpiarnos de todos nuestros pecados, estamos unidos a Él y hemos sido invitados al “lugar santísimo” del cielo para tener comunión con Dios. Es desde esta elevada posición en Cristo, que crecemos en gracia.

Dr. Neil

Traducción: Ricardo Gallardo. Ministerio de Libertad en Cristo en México.